Puntualizaciones sobre la captura de carbono

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Con todo lo que se está escribiendo últimamente sobre el carbono y sus (para algunos) nuevas oportunidades asociadas, a veces es necesario contextualizar el problema para poder profundizar en su conocimiento y, de paso, señalar algunas disfunciones crónicas sobre la consideración del carbono capturado por los sistemas forestales no tropicales. Para ello puede ser interesante realizar una comparación entre dos servicios ecosistémicos, pero que se consideran de forma antagónica. Así, por un lado, estaría el ejemplo de un servicio ecosistémico de provisión (la madera) y, por otro, un servicio de regulación (la captura de carbono), con independencia de si tiene detrás un mercado y está sujeto a corrientes especulativas. Su relación es tan íntima que hasta el IPCC aconseja contabilizar en ciertos cálculos que el 50% del peso de la madera es carbono.

 

 

Para poder entender rápidamente algunas cuestiones, es preciso tener claro una diferencia que pudiera parecer sutil, pero que obliga a cierta precaución a la hora de abordar el problema. Me refiero a la diferencia entre una variable flujo o una variable stock. Si nos estamos fijando a nivel de una plantación o de un monte, cuando se produce una corta, estamos aprovechando todo o parte del stock de la madera existente en esa unidad de manejo, con independencia de su sostenibilidad. Sin embargo, si queremos contabilizar el carbono de esa plantación nos tenemos que fijar en el carbono que se captura… cada año (es decir, sería una variable flujo). Para el carbono, el stock total sólo interesa en el caso de que se produzca una salida del sistema (incendios graves, cortas o muerte por plagas). Sin embargo, a diferencia de un recurso renovable como es la madera, aunque resulte importante conocer el stock (cuánto carbono está capturado en ciertos sistemas), resulta muy pertinente estimar cuánto carbono se captura al año contabilizando sólo los procesos vinculados a la fotosíntesis. 

 

Antes de proseguir, es preciso subrayar de manera contundente una realidad palmaria: algunos investigadores ya desde, al menos, principios de la pasada década de los noventa, aseguraban que las forestaciones masivas nunca iban a ser la solución al problema del exceso de emisiones de CO2. Incluso si se pudieran forestar zonas imposibles nunca se llegaría a compensar ni la mitad de lo que se emitía anualmente. Aunque algunos recién llegados intenten vender lo contrario, desafortunadamente es rotundamente falso, para mayor pena de los forestales. Así, la captura que realizan las masas forestales puede ser una ayuda, pero nunca la solución al problema. Dicho lo cual, también conviene recordar que el propio Protocolo de Kyoto incluye en su articulado el carbono asociado a los sistemas forestales (artículo 3), desarrollado después a través del epígrafe conocido por LULUCF. Sin embargo, toda la legitimidad otorgada por esta consideración se contrarresta por el trato que la captura de carbono realizada por los sistemas forestales ha recibido en la forma de cómo se contabiliza. Nótese que hablo de captura porque resulta comprensible que se haya insistido en minimizar la deforestación de zonas tropicales, pero quizá obligando a pagar un peaje elevado a las masas forestales de zonas templadas y boreales.

 

Así, se debe tener en cuenta que, hasta hace muy poco, una hipótesis básica consistía en que cada vez que se corta un árbol, el carbono almacenado se oxida instantáneamente. Es decir, que todo el carbono se re-emite de forma instantánea, con independencia del uso previsto para esa madera. Por poner un ejemplo fácil, es como si una empresa que se dedica a comercializar agua mineral, se le obliga a considerar una contabilidad en la cual esa agua desaparece en el momento en que se embotella: se considera que ya forma parte del ciclo del agua. Esta hipótesis, además de falsa (la re-emisión dependerá del uso asociado a la madera del árbol que se ha cortado), ha lastrado a los gestores forestales, ya que se les ha hurtado que, con sus conocimientos, pudieran modificar, por ejemplo, la selvicultura o el turno previsto, con el fin de incrementar la captura de carbono asociada al monte en cuestión. Aunque en los últimos años ya se ha aprobado una norma según la cual, dependiendo del uso previsto hay tres lapsos de tiempo a considerar, puedo estar de acuerdo en el del papel y tablero, pero para nada en el de la madera. Esos 35 años es un período demasiado escueto. Aunque sea un promedio, sólo quiero comparar esta duración con la esperada, por ejemplo, de toda la madera que se comienza a utilizar en soluciones constructivas. En 35 años, ¿el 50% del carbono de estas vigas ya se ha re-emitido? 

 

Por otro lado, si se quiere contabilizar el impacto favorable que los sistemas forestales realizan capturando mucho más carbono del que emiten, se les ha introducido una restricción muy importante: a excepción de un pequeño porcentaje asociado a las masas forestales tradicionales, sólo se puede considerar en la contabilización oficial el carbono asociado a las plantaciones realizadas en zonas no forestales a partir del año 1990. Aunque en la actualidad estas plantaciones están compensando, según la última estadística oficial, el 13,5% de los gases que se producen en España, cifra relevante porque, por ejemplo, compensa todas las emisiones de la agricultura (principalmente metano), la captura que realizan los sistemas forestales es, obviamente, mucho mayor. Se puede entender el motivo de esta restricción, fomentar las nuevas forestaciones, pero, al mismo tiempo, es preciso insistir en lo injusto de no considerar en la contabilización oficial esfuerzos que, desde el lado forestal, permiten que las masas capturen mucho más carbono. Este olvido a la hora de considerar esfuerzos para mejorar la densidad de las masas o para restaurar zonas degradadas también ha ido en contra de los gestores forestales. Personalmente, me llama la atención como acciones (combatir la degradación de algunos sistemas o mejorar la capacidad de almacenamiento de carbono) que se consideran en otros programas asociados a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC) como son los REDD+, se omiten en la contabilización del carbono en países del primer mundo. 

 

Introduzcamos ahora el mercado en el análisis. Con el carbono se da una paradoja, ya que se puede contabilizar al menos en tres mercados muy diferentes. Así, por un lado, estarían todos los mercados asociados a la madera (recordemos que el 50% de la misma es carbono), con sus imperfecciones y sus problemas, tanto a nivel regional, estatal o supranacional. El otro sería el mercado de las emisiones y que, habitualmente, está muy poco vinculado al sector forestal y sí al industrial y a las empresas energéticas. Es decir, los créditos que se intercambian están asociados a los gases de efecto invernadero que emiten las empresas, y que se normalizan a través del CO2. Por último, estarían los mercados asociados, por fin, a la captura de carbono que realizan los sistemas forestales. Estos mercados tienen una presencia casi anecdótica en comparación con los anteriores y presentan muchas debilidades, tanto a nivel país (con un diseño muy mejorable) como europeo (que yo sepa, no existe). Dejando a un lado el de la madera, el verdaderamente importante es el de emisiones. Un ejemplo paradigmático es el mercado europeo (EU ETS) que se ha consolidado en el mercado regulado más importante a nivel mundial, tanto si se mide el volumen de transacción, como en el impacto que ha tenido en otros países, ya que está su funcionamiento sirve de base para muchos de ellos. 

 

Volviendo a la letanía forestal, aunque lo que intercambie sean créditos de carbono, no se permite que los créditos asociados a la captura de carbono (según la normativa de Kyoto y posteriores acuerdos) entren en ese mercado, lo que supone un notable perjuicio para el sector forestal. Esta discriminación es una reivindicación histórica del sector forestal, pero hasta ahora sin éxito. Sólo conozco un caso de un mercado que, con sus problemas, ha funcionado relativamente bien con relación a la captura de carbono que realizan las masas forestales, y es el caso de Nueva Zelanda. El dato más actual que he visto cifra esta captura en un 33% de las emisiones totales. Dándole la vuelta a la tortilla, ninguno de los nuevos mercados de ETS que están surgiendo en todo el mundo han estimado oportuno acoger a este carbono. Sólo voy a comentar una realidad asociada a esta exclusión: mientras que el precio del crédito de carbono actualmente supera los 60€/t en el mercado europeo, no existe ningún mercado voluntario, ni de desarrollo limpio (laminados por la UE a finales de 2020) que se alcance, ni de lejos, a estas cifras. Las cifras de España, simplemente, no existen por decisión ministerial. Por si alguien no lo percibe, si un propietario puede recibir esas rentas anuales, la gestión de sus plantaciones sería más eficiente y, posiblemente, más multifuncional. 

 

Todo lo que se ha comentado pretendía incidir en una realidad que muchas veces se olvida y que da para mucho más (i.e., la no consideración del carbono en el suelo, ni del carbono en el estrato arbustivo). A mi juicio, resulta mucho más interesante para el sector forestal perseguir las reivindicaciones arriba señaladas que obnubilarse con anuncios de empresas que no saben lo que quieren forestar (les vale cualquier cosa), que pretenden forestar más de lo que cabe en cualquier raciocinio, o que nos quieran convencer de nuevas prácticas que esconden o atacan principios básicos de la ciencia forestal.