valores intrínsecos...¿e infinitos?

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Dadora de infinito. Yo no sé tomar, perdóname (Rayuela, Julio Cortázar)

 

Se observa frecuentemente que cuando se publican resultados asociados a la valoración de servicios ecosistémicos diferentes de los de provisión, existe una corriente que los invalida atendiendo a un conjunto de razones de todo tipo. Voy a intentar justificar este tipo de valoraciones, acudiendo a ejemplos globales e insistiendo en su necesidad. Si se realiza una taxonomía de este tipo de rechazos, entre las razones que aparecen destacan, las de tipo ético o moral. No es el objetivo de esta entrada entrar en este tipo de consideraciones, por lo que las voy a excluir. Suelen ser argumentaciones muy respetables, si bien en algunos casos sólo intentan mostrar una falsa superioridad intelectual. Dejando a un lado esta vertiente, voy a centrarme en dos argumentos muy comunes que aparecen cuando se asocian unidades monetarias a ciertos servicios que proporcionan, por ejemplo, los sistemas forestales. 

 

 

El primero es que hay gente que confunde los términos, y concluye que otorgar un valor es mercantilizar un servicio ecosistémico, privatizarlo o, peor aún, asimilarlo a un activo financiero (se confunden los ámbitos ecónomico y financiero). Desde un punto de vista conceptual esto es lo contrario a lo que se pretende, ya que para mercantilizar o privatizar un bien, este debe presentar unas características que no se presentan en muchos servicios ecosistémicos (bienes públicos caracterizados por la ausencia de rivalidad). Simplemente se pretende utilizar un lenguaje y unas unidades comunes para poder establecer comparaciones entre ellos y, de esta forma, tomar mejores decisiones a la hora de gestionar estos recursos. Ello no significa que, en algunos casos, no se puedan utilizar otros métodos para dicha toma de decisiones. 

 

La segunda crítica más común es que no se puede valorar lo que presenta un valor intrínseco y, como tal, dicho valor intrínseco tiende a infinito. Pues bien, llegar a esta afirmación ya implica otorgar un valor superior al de cualquier otra alternativa. Si decimos, por ejemplo, que el valor ambiental que tiene un sistema forestal no se puede valorar porque presenta un valor intrínseco estamos diciendo que su valor en el estado actual es superior a cualquier alternativa, aunque exista alguna que, de acuerdo con algunos expertos, pueda mejorar dicho estado. Por otro lado, continuamente, la sociedad toma decisiones que van en contra de dicho valor intrínseco. Cada vez que se construye una infraestructura o se decide que realizar una determinada política resulta fundamental para el avance de la sociedad, y dicha política impacta en los servicios ecosistémicos y, por consecuencia, en el capital natural, se está confirmando que no se tiene en cuenta ese valor intrínseco. Por último, debe recordarse que hasta un valor que podría tender a infinito (la vida humana) presenta metodologías para su cálculo. No conozco a nadie que ante la desgracia del fallecimiento de un familiar como víctima de un accidente haya rechazado la indemnización de la compañía de seguros argumentando que el valor de su familiar es infinito. En definitiva, sí que tiene sentido realizar ejercicios de valoración y esta idea se puede extender a zonas donde se asume que los atributos ambientales son muy importantes. Otro problema radica en que, por desgracia, aunque a veces existen magníficos estudios al respecto, se decide (autoridades judiciales) imputar un valor según el leal saber y entender de una persona o comité. 

 

A continuación, voy a ilustrar estas breves e incompletas explicaciones con algunos ejemplos que muestran la potencialidad de este tipo de estudios, pero eligiendo sólo ejemplos a nivel global, y que hayan cuantificado todos los servicios ecosistémicos posibles. Desde hace aproximadamente un cuarto de siglo existe un interés por cuantificar, a diferentes escalas, lo que se conoce como capital natural, así como los servicios ecosistémicos que de él se derivan. Ello ha conducido a la publicación de miles de trabajos (para los no iniciados, esta afirmación no es un eufemismo ni una exageración) donde se aproximan valores a todos los servicios ecosistémicos definidos y en cualquier zona del planeta. Como resulta lógico pensar, a priori estos resultados presentan un mayor interés si se centran en servicios sin precio de mercado por su mayor dificultad a la hora de imputar un valor. El objetivo final no sería obtener unas cifras inimaginables por su tamaño, sino disponer de una herramienta que permita efectuar trade-offs para conseguir mejores decisiones en la gestión de los ecosistemas. En definitiva, este tipo de resultados permiten, a priori, poder hacer comparaciones entre los distintos servicios ecosistémicos, que se suelen medir en unidades diversas, utilizando un mismo lenguaje y rigor científico.

 

El primero de ellos, publicado en Nature, (Constanza, 1997) es uno de los trabajos más citados en el ámbito de la economía de los recursos naturales, y fue el primero que otorgó un valor ($/ha y año) a 17 servicios ecosistémicos distintos utilizando para ello decenas de trabajos previos de valoración que, a su vez, empleaban diferentes métodos. Al final, la suma global para toda la tierra se acercaba a los 33 trillones de dólares del año 1994. Como acabo de comentar, este trabajo ha supuesto un hito en el ámbito de la valoración ambiental, pero me parece más sugerente completar esta explicación incluyendo un estudio similar repetido 15 años después, donde coincide el primer autor (Constanza, 2014). Resulta muy interesante comprobar cómo ha aumentado el valor unitario de la mayoría de los ecosistemas y cómo, el valor global ha subido a casi 125 trillones (en dólares del año 2007, frente a los 46 del año 1994). Es decir, en 15 años casi se triplica el valor y, lo que, resulta más importante, esos 125 trillones si se comparan con el PIB de todos los países, es un 66% mayor. En definitiva, a través de los números se está concluyendo que el valor de los servicios ecosistémicos supera el valor de todos los productos y servicios que se producen en todo el mundo a lo largo de un año. Creo que es la primera vez que se justifica numéricamente este hecho.

 

Sin embargo, en el ámbito de la valoración ambiental resulta capital disponer de metodologías para cuantificar no sólo el valor de los citados servicios ecosistémicos, sino también los daños que puedan sufrir. Por poner un ejemplo sencillo, interesaría cuantificar cada año el impacto producido por causas antrópicas (deforestaciones, incendios, contaminación de suelos, etc.). En esta línea, hace pocas semanas se ha avanzado parcialmente en esta línea, al publicarse un estudio, también en Nature, donde se computa, mediante unidades monetarias, el coste total que provocan las especies invasoras exóticas a nivel global. Para ello, los autores han construido una extensa base de datos con publicaciones relacionadas desde hace 50 años y, homogeneizando los datos individuales (paridad de compra, inflación, etc.) han llegado a unas cifras para todo el período. Como promedio, los autores en el período 1970-2017 hablan de un valor de 27 billones de dólares anuales, pero en 2017 ya supera los 162 billones. A pesar de las muchas limitaciones que señalan los autores, el orden de magnitud de estas cifras ya dan una idea del impacto asociado a este problema ambiental. Si se pudiera extender esta iniciativa a otras afecciones al capital natural, se podría tener una idea de lo que supone, también en unidades monetarias, el efecto real de ciertas acciones antrópicas. Como conclusión final, partiendo de la elevadísima calidad científica de las revistas donde se han publicado estos estudios, creo que esta línea justifica la atención que se debe dar a estos ejercicios de valoración, y, además, resalta su importancia y utilidad.