Lo Agrícola y lo Forestal

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Si reivindicamos la definición de lo que es o ha sido lo “agrario”, este concepto ha presentado en las últimas décadas unas connotaciones diferentes dependiendo de quien se refiera al mismo. Así, mientras que en algunas Escuelas de Ingeniería Agronómica tradicionalmente se acepta que lo agrario comprende lo agrícola, lo forestal y lo ganadero, en Escuelas de Ingeniería de Montes se toma como sinónimo lo agrario de lo agrícola, y así ha ocurrido desde, al menos, el siglo XIX. Sea como fuere, el caso es que la divisoria entre lo agrícola y lo forestal no está unívocamente definida. Así, mientras los planes de estudios de muchas titulaciones intentan “marcar el territorio” de una manera clara, en otras ocasiones, la combinación actual de grados y másteres ofrecen distintas combinaciones para abordar las disciplinas propias de ambas ciencias. Por otro lado, mientras que en países de nuestro entorno (Italia, Francia o Alemania) se ha optado, de forma sensata, integrar las competencias de dichos campos en el mismo Ministerio, aquí se ha decidido desnaturalizar el ámbito forestal dentro de ese extravagante e ineficaz cajón de sastre llamado MITERD

 

 

Todo ello nos lleva a una idea fácilmente constatable: la frontera entre ambas es, en muchos casos, cada vez más tenue, y hay numerosos ejemplos recientes que me han llamado la atención. Por ejemplo, hace pocos meses se ha publicado un libro dedicado a los productos forestales no madereros donde se incluye la miel. No pretendo decidir a qué categoría debiera ubicarse, pero la realidad es que existe a nivel europeo una OCM específica. Algo similar ocurre con la castaña, donde los productores intentan beneficiarse de las ayudas comunitarias, posicionándose así fuera del ámbito forestal. Siguiendo con frutos secos, desde hace varios lustros existe en España una línea prometedora de producción de pies de Pinus pinea injertados, con el fin de maximizar y adelantar la producción de fruto varias décadas. El aspecto de estas plantaciones de pinos injertados es mucho más parecido al de un frutal que a un pinar natural. ¿Dónde los ubicamos?

 

Además, hay que tener presente que el origen tampoco nos asegura una distinción unívoca sobre a donde se debe asignar: no todos los castaños caen en lo forestal, ni todas las superficies con cultivos cae en lo agrícola (los sistemas agrosilvopastorales son un buen ejemplo). Además, tenemos casos de productos forestales que, al igual de lo que pasa con muchos otros en otras latitudes, se ha sustituido la fase de recolección por la del cultivo y esa intensificación ha caído del lado agrícola (los arándanos puede ser un ejemplo). Sin embargo, esta ecuación (los cultivos intensivos se encuentran bajo el paraguas de lo agrícola) no es siempre así. El mejor ejemplo lo constituyen los hongos. Dado que la recolección suele darse en tierras forestales, parece que se encuadra en el ámbito forestal. Sin embargo, y como es bien sabido, toda la industria de los hongos cultivados es un potente producto agrícola en algunas Comunidades Autónomas. Ahí volvemos a esa dicotomía, pero existe una excepción interesante: el caso de las plantaciones de especies forestales con trufas micorrizadas. Aquí la intensificación cae dentro de lo forestal. Y este contraejemplo resulta muy agradecido porque me rebelo para aceptar esa dicotomía. De hecho, una de las cosas que me han sorprendido hace algunos años cuando visité unas plantaciones de frondosas, propiedad de una empresa bastante mediática a finales del siglo pasado, es que para el cuidado de esos nogales los profesionales que más abundaban eran los ingenieros agrónomos, debido fundamentalmente a sus conocimientos en ciertas técnicas más propias de su disciplina (p. ej., la fertirrigación). Ahí corroboré una idea que llevaba tiempo madurando: las plantaciones forestales intensivas tampoco han sido abordadas con decisión en los Planes de Estudios de algunas Escuelas Forestales.

 

De todas formas, y sin pretender ser exhaustivo, es preciso señalar que existen disciplinas cuyos conocimientos son utilizados por los profesionales de ambas disciplinas: estructuras, valoración agraria (incluyendo, obviamente, a la forestal), etc. Por otro lado, a veces hay programas que hibridan ambos territorios, como la iniciativa de FAO sobre árboles fuera del bosque o las nuevas forestaciones que están apareciendo en territorios agrícolas con vistas a contabilizar el carbono fijado en los próximos lustros. Y, hablando del carbono, conviene recordar que la captura que oficialmente se vincula en las oscuras estadísticas oficiales al ámbito forestal más o menos compensa las emisiones de GEI del ámbito agrícola y ganadero. Pero no hace falta buscar relaciones hipotéticas para comprobar lo imbricados que están en el medio rural lo agrícola, lo ganadero y lo forestal. Incluso las expansiones o contracciones de algunos ámbitos se justifican muchas veces por el desarrollo o retroceso de otro. Por otro lado, actividades como la cinegética, los sistemas agroforestales, o aspectos como el autoconsumo ambiental por parte de los propietarios hacen que igual no sea lo más conveniente parcelar sistemáticamente el conocimiento y los ámbitos de actuación. De hecho, la propiedad privada en lo rural convive perfectamente con todos los ámbitos, y procura gestionar sus predios de forma integral.

 

Por todo ello, en ocasiones, pudiera ser más beneficioso integrar visiones en vez de fragmentar actividades de gestión. Además de lo dicho con relación a la necesidad ineludible de abordar todas las áreas en un mismo Ministerio, nunca he entendido, por ejemplo, cómo un técnico que realiza un documento técnico de gestión en un mismo sistema forestal no tenga conocimiento del plan cinegético que realiza otro profesional. Con todo el respeto para diversos stakeholders implicados, creo que, al menos, habría que explorar la posibilidad de ofrecer una formación sistémica para todo el medio rural más homogénea (por ejemplo, a nivel grado) y, después, que aquellos interesados en continuar su formación elijan una especialización acorde con sus preferencias. Este desiderátum no alberga intenciones de otro tipo, nada más que señalar una situación real encuadrada, en algunos casos, en férreos corsés que a veces no permiten una cierta flexibilidad y adaptación a la realidad actual.