El concepto de Tasa de descuento: ¿ese falso amigo?

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Desde un punto de vista del aprendizaje de nociones básicas de naturaleza económica, pocos conceptos encierran tantos prismas como la tasa de descuento. En esta naturaleza poliédrica yace su gran atractivo, debido a que se conjugan factores que pueden o no estar bajo el control del analista. Por otro lado, y en un contexto forestal, alteraciones en la misma pueden condicionar la viabilidad de un proyecto, el turno económicamente óptimo o modificar muy notablemente el resultado de una valoración en un predio de naturaleza forestal. Estos últimos ejemplos que he citado le deben otorgar una gran importancia en la toma de decisiones. Sin embargo, después de muchos años explicando estas ideas, percibo que es un concepto que genera cierta aversión y rechazo. Su fascinante y cargante levedad implica inseguridad a la hora de fijar en cada situación la tasa precisa. Y esto conduce a que se que busque un atajo, una norma, un algoritmo que permita solventar el problema de su elección de un plumazo. Por desgracia, esto es lo que ocurre actualmente en España en aspectos como la valoración de fincas rústicas: a diferencia de otros países, no se permite al técnico justificar y fijar dicho parámetro, y debe acudir a una norma imperfecta y llena de parches.

 

 

Dejando a un lado el ámbito más cercano a las finanzas, la tasa de descuento está midiendo la preferencia temporal del dinero presente frente al dinero futuro. Es decir, se asume que se prefiere disponer ahora de un flujo de caja que en el futuro. Esta preferencia implica que la tasa de descuento sea positiva y, cuanto mayor sea, más importancia se le da al consumo actual frente al consumo futuro.  Ya en 1930 Irvin Fisher la relacionó con la impaciencia del individuo o de la sociedad, según el tipo de proyecto analizado. La tasa de descuento se puede expresar matemáticamente con expresiones que sumen de manera discreta o continua los flujos de caja futuros y, al mismo tiempo, puede ser una tasa nominal o real según incluya o no la inflación. Llegados a este punto, se debe recordar que no es lo mismo que la tasa de inflación: esta mide la disminución del valor del dinero a lo largo del tiempo. Por otro lado, también debería recoger de alguna manera el riesgo asociado a la inversión y, en el ámbito privado debiera ser muy próxima al coste de oportunidad del capital. De forma resumida, con todo lo dicho se puede percibir que la tasa de descuento se ve afectada por aspectos tanto del funcionamiento de la economía, su valor varía con el tiempo según se modifiquen los atributos arriba comentados, y va a depender del tipo de inversión o proyecto al que nos enfrentemos. Todo ello nos lleva a concluir que, en principio, no debe ser única ni universal, y que se debería elegir y justificar con cuidado en cada situación.

 

Sin embargo, en el ámbito forestal lo que he comentado se complica aún más por la habitualmente dilatadísima longitud de las inversiones asociadas. En general, a la hora de analizar proyectos, el límite temporal del largo plazo lo pueden marcar ciertos productos de deuda pública, o bien se fija como tal el lapso entre dos generaciones, lo que conduciría a unos 30-40 años. Lo que supera este umbral sería una inversión a muy largo plazo, muy común en el ámbito forestal, y en estos casos se enreda todavía más la decisión sobre la tasa de descuento a emplear. En esta línea, si hablamos del consumo en lapsos de tiempo que sobrepasan varias generaciones se podría plantear en el análisis a la idea de justicia intergeneracional, lo que supone añadir otra dimensión al problema. Nótese que la naturaleza exponencial del descuento implica que un flujo de caja de 100€ dentro de, por ejemplo, 100 años, presentaría hoy un valor casi testimonial (5€) con una tasa de descuento del 3%. Por otro lado, en el ámbito forestal se conjugan propiedades, bienes y servicios públicos y privados. La idea de que exista una tasa de descuento desde el punto de vista público (la llamada tasa social de descuento) lleva también mucho tiempo justificándose en múltiples publicaciones científicas. Sin embargo, tanto los autores que la han calculado como los pocos países la han justificado una muestran unas cifras (3–5%) que quizá sean incompatibles con esperar rentabilidades positivas en proyectos a largo plazo. Todo ello, ¿a dónde nos conduce? Probablemente lo más utilizado sea utilizar como indicador una tasa asociada a la deuda pública a largo plazo, pero existe una gran variedad de opciones. Así, en algunos países como el Reino Unido, la Hacienda pública obliga a modificar la tasa de descuento a emplear en función de la longitud del proyecto. Es decir, estaríamos en un escenario de múltiples tasas de descuento. Esta multiplicidad también se puede dar a nivel monte: ¿se debieran descontar con la misma tasa todos los bienes y servicios asociados a un sistema forestal? Por otro lado, y en base sobre todo a argumentos éticos, se han propuesto tasas hiperbólicas o tasas de descuento nulas… o directamente, no descontar (nótese que no es lo mismo, desde el punto de vista conceptual, no descontar que descontar con una tasa igual a cero). Como se puede apreciar, no es, ni mucho menos, un tema cerrado.

 

El título de esta entrada hace referencia a una expresión muy utilizada en el aprendizaje de idiomas (“falso amigo”). Me vino a la cabeza porque he visto en bastantes ocasiones justificaciones proporcionadas por forestales que no se encuadran en ninguna de las componentes de la tasa de descuento que se han desgranado hasta ahora. La justificación endógena que se buscaba para fijar una tasa de descuento en una especie forestal de crecimiento lento era, más o menos, el crecimiento medio de la masa. Es decir, si tenemos, por ejemplo, una masa de pino albar de 100 años y cubica a esa edad 250m3, la tasa de descuento a emplear sería, siguiendo este razonamiento, del 2,5%. Como resulta fácil pensar, este razonamiento es incorrecto, aunque la cifra resultante pudiera ser aceptable (de ahí lo de falso amigo). Por último, me gustaría insistir en algo con el que concluí un artículo al respecto hace 23 años: es muy importante su elección, dado que es el factor que más va a influir en proyectos forestales. Mucho más, por ejemplo, que el precio de la madera en el futuro. Esta circunstancia por sí sola ya evidenciaría que se le dedicara mucha más importancia a su cálculo y justificación en cada caso.