En defensa de la gestión forestal (diseñada por forestales)

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Uno de los atributos más importantes que un forestal puede atesorar, a partir de su formación, y añadiendo a esta su experiencia, es el de estar preparado para plasmar en un documento un plan para gestionar un sistema forestal. Es decir, proponer alternativas de manejo viables para las próximas décadas y elegir la más conveniente, según los objetivos de la propiedad, integrando demandas sociales, y basándose en un amplio acervo de herramientas que componen la dinámica ciencia forestal. Lógicamente, esta planificación debe encuadrarse en un marco legal, a diferentes niveles, que asegure una cierta continuidad en la gestión, sin vaivenes impertinentes, y desmarcada de taras actuales, como las del oportunismo político o el feudalismo de ciertas redes sociales. 

 

 

Para ello, desde su educación, los futuros forestales deben organizar su cerebro para pensar simultáneamente en tres dimensiones: la temporal (combinar el corto, el medio y el largo plazo), la espacial (se actúa simultáneamente a diferentes escalas) y, obviamente, la económica. Posiblemente esta caracterización pueda no ser exclusiva de esta fascinante profesión, pero si le sumamos el amplio conjunto de servicios ecosistémicos que se deben integrar en dicha gestión, y las interacciones de estos con las tres vertientes arriba introducidas, todo ello conforma una combinación apropiada para abordar un reto excepcional, y lleno de incertidumbre: planificar la gestión forestal a largo plazo. Y hablando de incertidumbres, pese a que desde el ámbito financiero se ve una inversión forestal como un activo con poco riesgo, los forestales habitualmente no comparten esta percepción y manejan planes específicos para daños bióticos y abióticos que puedan sufrir las masas que gestionan. La consideración del riesgo añade una dimensión más al problema, pero aún se complica más por la, en general, dilatada duración de la planificación. Esto conlleva a dificultades hasta para realizar cálculos básicos: ¿qué tasa de descuento aplicamos a una inversión de, por ejemplo, cien años cuando algunos instrumentos de deuda pública, prototipos de activos con poco riesgo y a largo plazo, no pasan de 30 años?

 

Sirva esta introducción, que para algunos les puede parecer una obviedad, para denunciar el desconocimiento, la continua marginación, y hasta el desprestigio a los que se ven sometidos los forestales cuando aparecen noticias, herramientas legislativas o, simplemente, polémicas que afectan a los montes. No se debe generalizar, pero últimamente uno observa cómo frecuentemente aparecen botarates, necios y ágrafos de todo pelaje que pontifican cómo se debe realizar la gestión en diferentes sistemas forestales, sin tener en cuenta las vertientes y los conocimientos arriba desgranados. Muchos de los que opinan tan a la ligera sobre qué hacer y qué no hacer en los próximos años, provocando una continua vergüenza ajena, no se han hecho preguntas básicas asociadas a cómo realizar esa gestión. Sólo pretenden imponer su “verdad” para favorecer o perjudicar determinado(s) servicio(s) ecosistémico(s). Y esto nos lleva a otro elemento subyacente: la propiedad y cómo se gestionan las preferencias de los diferentes stakeholders implicados en cada monte. Esta agregación de preferencias con relación a los diferentes objetivos vinculados a cada monte es, sin duda, una tarea compleja, pero estas luminarias lo han solucionado de una forma muy sencilla: su opinión es la que vale, y las demás no tienen cabida. Algunos incluso falsifican la historia para obligar a una determinada planificación futura sin, por supuesto, tener en cuenta las consecuencias de sus imposiciones.

 

Por otro lado, conviene rescatar ciertas verdades, fácilmente demostrables, con relación a la gestión forestal. En primer lugar, conviene recordar que la ciencia forestal, como tal, siempre ha intentado mantener los sistemas forestales, con el objetivo de garantizar la provisión de bienes y servicios que en cada momento se hayan decidido. Es decir, nunca el objetivo ha sido destruir dichos sistemas. Es el llamado principio de la persistencia, pilar de la gestión forestal desde hace siglos. Por otro lado, la gestión forestal ha sido pionera en la adopción de prácticas que se pueden calificar de lo que hoy se llama responsabilidad social corporativa. Existe hoy en día un aluvión de propaganda sobre, por ejemplo, la aproximación de muchas empresas al ámbito forestal para cubrir lo que hoy se llama prácticas adecuadas desde el punto de vista ambiental y social y de gobernanza (ESG en inglés). Sin embargo, y por poner un ejemplo tangible, la certificación forestal incide en estos aspectos, y ya se está aplicando desde hace décadas a nivel mundial. Siguiendo con siglas e ideas muy comúnmente aceptadas, otra sería la del análisis del ciclo de vida de los productos (o, en inglés, la expresión “cradle to grave”). Pues bien, este principio básico de la economía circular, se puede decir que de alguna forma viene siendo aplicado desde hace siglos por los forestales. Un ejemplo claro sería eligiendo el modelo selvícola más adecuado para conseguir los productos que demanda la industria en cada momento. Si hoy existe una oferta de madera con unos determinados atributos tecnológicos que se pueda emplear en nuevos usos (por ejemplo, en determinadas políticas relacionadas con la mitigación del cambio climático), es porque algún forestal hace muchos años puso los mimbres para que se pudiera cortar, de un modo sostenible, madera que presente esas características y propiedades. Estos ejemplos muestran cómo la gestión forestal es algo vivo, actual y muy cercana a la sociedad.

 

En definitiva, para realizar una gestión forestal consistente, se deben comprender las interacciones existentes entre los distintos organismos vivos presentes hoy en día, predecir las interacciones futuras con relación a otros que pueden aparecer, anticipando así su evolución en el tiempo. Si a esto le añadimos la necesidad de focalizar los objetivos que se pretende conseguir a lo largo del tiempo, se podría ya pensar en plantear una planificación estratégica en ese espacio forestal. Una vez lograda, no se acaba ahí el reto. Quedaría, al igual que en cualquier modelo estratégico a nivel empresarial, implementar dicha estrategia. Sin duda habrá profesionales que sean más competentes en algunos de los campos que he mencionado directa o indirectamente en esta entrada, pero, pese a quien le pese, sólo los forestales tendrán la visión global para aproximarse lo más posible a un punto ideal que constituye el nudo gordiano de la ordenación de montes: acertar con la mejor alternativa de gestión para cada sistema forestal.